Aquella que brota del Misterio Pascual: Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, entregado por y para la salvación de todos los hombre. ESte Misterio es el cúlmen de toda la Revelación y la suprema manifestación del Amor y la Misericordia del Padre.
Aquella que se explica en las Parábolas de la Misericordia: La oveja perdida Lc 15, 4-7; La dracma perdida Lc 15, 8-10 y sobre todo la del Hijo Pródigo y el Padre Misericordioo Lc 15, 11-32.
De estas dos fuentes de la Revelación emergen los rasgos que conforman la espiritualidad de un apóstol de la Divina Misericordia:
Confianza ilimitada en Dios. Él me ha creado por amor. Me mantiene en la existencia por amor, a pesar de conocer mi naturaleza pecadora. No quiere mi muerte y mi desgracia, sino que viva y que sea feliz. Por ello ha entregado a su Hijo muy Amado, Jesucristo, para que yo pueda entrar en su vida.
Abandono en las manos del Padre que tanto me ama y que sólo busca mi bien. Este abandono no se puede dar sin fe y esperanza ilimitadas en Él.
Humildad, que es vivir en la verdad de lo que somos, con nuestra capacida de levantarnos a lo más alto y descender a lo más bajo. La humildad nos lleva al conocimiento y reconocimiento de nuestro pecado y nos abre al arrepentimiento y a la misericordia de Dios. Y Dios nos responde, no conforme a la juticia, sino a su Misericordia.
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Misericordia. El hombre que se sabe amado y perdonado de este modo, no puede más que comunicar y dar lo que él ha recibido como manifestación de su gratitud: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es Misericordioso".