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En Sus revelaciones a Sor Faustina, nuestro Señor pidió una oración especial y una meditación de Su Pasión cada día a las tres de la tarde, la hora que recuerda Su muerte en la Cruz.
En el Libro de Génesis (18, 16-32), Abrahám rogó a Dios que redujera los requisitos necesarios para que Él pudiese ser misericordioso con la gente de Sodoma y Gomorra. Aquí, Cristo Mísmo, ofrece una reducción de requisitos a causa de las varias exigencias de nuestros deberes cotidianos y El nos ruega que pidamos Su misericordia, auinque sea de la manera más insignificante, para que El pueda derramarla sobre todos nosotros.
Quizás no todos podamos rezar las Estaciones del Vía Crucis o adorar a Jesús en el Santísimo Sacramento, pero todos sí podemos detenemos mentalmente durante un "brevísimo instante", pensar en Su abandono total a la hora de la agonía y rezar una breve oración, como por ejemplo, "Jesús, Misericordia" o "Jesús, por Su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero".
Esta meditación de la Pasión de Cristo, por breve que sea, nos lleva cara a cara con la Cruz, y como escribe el Papa Juan Pablo II en la encíclica Rico en misericordia: "Es en la cruz que la revelación del amor misericordioso alcanza su culminación".
Dios nos invita, continúa el Santo Padre, a la «misericordia» hacia Su Hijo crucificado. Por consiguiente, nuestra meditación de la Pasión que es no solamente un acto de solidaridad con el doliente Hijo del Hombre, sino también un tipo de «misericordia» mostrada por cada uno de nosotros al Hijo del Padre Eterno.
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